Una Conferencia no Termina Cuando Termina S03E22

-Estuve dos años evitando hablar en público, de tan mal que me sentí.

-¿Pero qué pasó? -me preguntó Andrea, después de la conferencia para la que me había cotratado.

-Una sucesión de hechos que para mí hoy son inadmisibles. Me invitaron a dar una charla en una Universidad privada, con una característica especial: la admiraba, pero no pude ir porque no me habían dado la beca que pedí. Ir a dar una charla era, para mí, una especie de revancha. Tenía 28 años y me preparé muchísimo. Quería ser el mejor.

Conseguí mucha información, la procesé, creé esos gráficos increíbles que mostraban cómo en la empresa que lideraba predecíamos la venta, paso a paso. Preparé todas las animaciones milimétricamente, mostrando de qué manera con esa venta podíamos saber exactamente cuánto comprar para lograr el nivel de satisfacción del cliente que queríamos al mínimo costo financiero. Estábamos muy orgullosos, casi todos éramos economistas amantes de la matemática.

Era un aula tradicional, con muy pocos alumnos, menos de diez recuerdo. Eso me descolocó un poco.

Empecé como me habían enseñado: “TIO”, Tema, Interés, Orador. “Les voy a hablar de administración de inventarios, que es interesante para ustedes porque bla bla bla y yo soy Leo bla bla bla”. También había aprendido que si no sabés a quién mirar, podés mirar un poco más arriba de las cabezas de la audiencia. “Ellos van a creer que los estás mirando a los ojos y no vas a sentir los nervios”, me dijo un profesor de Oratoria.

Le creí.

A la primera diapositiva (¿así se dice “slide”?) seguían un poco curiosos.

La segunda era un gráfico de rotación de inventario. Gracias a Dios Microsoft, en su afán de agregar funcionalidades, ya en 1999 permitía que estos gráficos aparecieran de a poco, a medida que apretaba el botón del control remoto.

Ése fue el principio del fin.

Cuando el material de soporte es más importante que el orador, éste es innecesario.

Trataba de coordinar mi discurso memorizado con las animaciones, pero no había forma: tenía que empezar a hablar del inventario y el gráfico de ventas anterior seguía apareciendo, columna a columna, segundo a segundo. Después, le di click cinco veces (lo había memorizado) para que se movieran rápidamente las flechitas y las caritas felices. Pero eran cuatro. Pasé de largo el slide del inventario. En el camino me había olvidado de lo más importante: la audiencia, cada uno regalándome una hora de su vida para que yo le dé algo a cambio.

Por suerte el profesor, tratando de encontrar valor para los alumnos, me preguntó hacia la mitad de mi monólogo, mientras explicaba el inventario de seguridad, cómo era el día a día de un gerente de logística. Fueron los mejores diez minutos de la presentación, cuando dejé lo estudiado y compartí lo que sentía.

El orador tiene que transmitir lo que el Powerpoint no puede; principalmente, emociones.

Después de eso recuerdo vívidamente la sensación de desnudez: todos me miraban y sentía que me decían “enseñame algo que yo no sepa”, “decime algo que no pueda encontrar en los libros”. A uno lo descubrí haciendo una mueca y apretando los labios para intentar evitar que el bostezo no se la abriera de par en par. Todavía no había ni Blackberry, así que recuerdo a varios tomando notas. Después de ver a su compañero reprimiendo el bostezo, mi cerebro se convenció de que todos deberían estar haciendo garabatos. Traté de espiar. Mi cabeza funcionaba a mil revoluciones por segundo, desnudo, aburriendo, espiando. De todo, menos conectando. Llegué con el objetivo de transmitir un mensaje que había memorizado. No conecté, no transmití, no llegué. ¿Para qué fui?

Antes de una presentación, siempre preguntá quién es y qué espera la audiencia.

Al terminar, me escapé rápidamente. Estuve dos años evitando hablar en público, de tan mal que me sentí. Tenía mucho miedo, pero me autoconvencí de que “hablar en público no es tan importante”.

Las historias que nos contamos son poderosas.

Ancora Imparo

Terminando una conferencia hace unos meses, en ese no-momento entre el aplauso final y la salida de escena, cuando me quito el micrófono, guardo el puntero láser y el ayudamemoria que traté de no usar, se me acercó Julián. Se lo notaba entusiasmado, con muchas ganas de conversar unos minutos. Enseguida me preguntó: “Y entonces, ¿qué hago con todo esto?”.

Una vez más, una pregunta adecuada en el momento justo nos desafía y nos hace pensar.

-¿Cómo que qué hacés? Compartí con vos varias ideas, usalas como te parezca… -me quedé pensando, y agregué, más para mí que para él:

Una conferencia no termina cuando termina.

En ese momento entendí que todo lo que hacemos de capacitación, sea en un aula, en un escenario con cientos de personas o simplemente en un pasillo y un solo compañero de trabajo o estudios, es un intento de mejorar el mundo, una oportunidad de que algo cambie. Dicho de otra manera, tal vez más exigente:

Si una capacitación no cambia nada, cambiá la capacitación.

La Vergüenza y Michelangelo

Terminé de contarle esa historia de 1999 y Andrea, antes de que me fuera, me preguntó:

-¿Pero cómo hiciste para, de ser tan introvertido y tímido, animarte a hacer lo que hacés hoy, todo lo opuesto?

-Por un lado creo que no dejé de ser quién soy, agregué habilidades y experiencia. Sigo siendo tímido. Antes de dar una conferencia, siempre se me pone la mente en blanco y me quiero ir. ¿No te pasa a vos? A mí, cada vez. Pero soy consciente y uso ese miedo a mi favor, sé que me acelera, me genera adrenalina y la aprovecho en público. Además, creo que nacemos con una cantidad predefinida de vergüenza. La segunda vez que hacés algo, en general te da menos vergüenza que la primera. Compará la primera vez que te rechazó alguien que te gustaba contra la segunda. Esa vergüenza -no soy antropólogo- imagino que es para protegernos, para mantenernos en el lugar conocido. Si fuera un gurú diría “en la zona de confort”.

Entonces, venimos con una cantidad de vergüenza fija y hay que gastarla. Hay que usarla.

Pasá vergüenza. La vergüenza pasa.

-¿Y cómo la usaste? -insistió Andrea.

-Al principio, forcé un poco la situación en la empresa. Inventé oportunidades -más seguras- de exponerme de a poco: conversaciones con gente con la que no conversaba habitualmente, desayunos con empleados, reuniones trimestrales con todos. Eso también me fue sirviendo para formarme como líder y, con la exposición, fui ganando confianza. Pero por varios años no me animé a buscar oportunidades fuera. Recién en 2008 acepté dar una charla en un evento que se llamó “Rosario Blog Day”, en donde, por perderme el after, me enteré recién cuando volví que había sido una especie de “telonero”. Con cada evento, bajaba mi vergüenza, aumentaba mi confianza. Pero el máximo efecto vino en 2012, cuando decidí hacer un curso de Standup Comedy y, en 2013, cuando tuve un show en la Avenida Corrientes. Yo era el peor de los cuatro, pero como “gerente general” llamaba la atención. ¡Nunca voy a admitir si obligué, en las evaluaciones de desempeño, a que los empleados fueran a verme!

La vergüenza es el mármol que cubre al David.

Y en el medio

Entre aquellos sufrimientos de principios de milenio armando Excels y Powerpoints para otros, casi escondido para no fallar en público y ese momento hermoso en el que alguien se acercó a preguntar cómo mejorar el mundo con alguna de las ideas que compartí, desarrollé un método para armar mis charlas. Alguien podría decirme: “¡No lo compartas, es tu propiedad intelectual y te lo van a quitar!”.

Las ideas no se roban.

De hecho en el libro profundizo sobre el tema de las ideas geniales.

Si solo tenés una idea genial en tu vida, entiendo que la quieras guardar de recuerdo. Pero lo más probable es que, por un lado, otro de los 7500 millones de habitantes del planeta la haya tenido y, por el otro, que si no la compartís ni se convierta en realidad ni sepas si era genial.

Por mi parte, aprendí que si me aferro a un concepto, cambia el sentido de la propiedad: paso a ser esclavo de esa idea. Como en 1999 fui esclavo de unas putas animaciones del Powerpoint. En cambio, si lo comparto, ayudo a otros y hago lugar en mi cabeza y corazón para seguir adelante, evolucionando.

Aferrarse a las “ideas brillantes” nos quita brillo.

Ahora miro a la audiencia a los ojos. A todos. Y dije una mala palabra -perdón, pero lo necesitaba.

¿Quieren conocer mejor mi método para hacer presentaciones? No borro con el codo lo que escribo con la mano. No me lo voy a guardar. Sólo los hago esperar hasta el próximo episodio. Y si te lo estás preguntando, el S03E22 viene de las series, temporada tres, episodio veintidós. Nos vemos el veintitrés.

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