Una Carrera de 100 Años S03E14

-Es como elegir entre banana y banana split -le dije hace un año a Matías, que había empezado su carrera de banana (Licenciatura en Economía Empresarial) y me consultó si no tendría que cambiar, para el futuro que quería, a banana split (Licenciatura en Economía). “De una llegás muy fácil a la otra, vos empezá, aprendé, entendé y vas a ir eligiendo casi sin darte cuenta”, le dije.

La carrera que elegimos es solo el comienzo; hay muchas más decisiones para llegar al resultado final.

Un error en ese momento no es un error. Si nuestro objetivo es aprender, aprendemos haciendo y, más aún, equivocándonos.

Equivocate en tu carrera, vas a aprender mucho más.

Freud en el espacio/nubes

“Todos pensamos en esas hermosas fotos de la Tierra desde una ventana de la Estación Espacial Internacional, pero nos olvidamos de que, unos días después de sacarlas, el humano que está ahí sigue solo: dejó todas sus conexiones y recuerdos y sabe que, si vuelve, todo va a haber cambiado -menos él”, dijo Nick Kanas, profesor de psiquiatría de la Universidad de California, autor de “Humanos en el Espacio, los desafíos psicológicos”. Tiene sentido: cuando nos convirtamos en una especie interplanetaria más vale que no lleguemos a Marte deprimidos. Sería una imagen pésima.

¿A quién se le ocurrió en la década del 70 unir la psiquiatría y la astronomía?

Puesto en perspectiva, corrió un riesgo enorme y hoy es especialista en un área con demanda creciente. Ya no es ridículo decir que seremos una especie interplanetaria y menos pensar que necesitaremos un diván en las naves espaciales.

Elegir un camino poco habitual es como las inversiones: a más riesgo, más beneficio potencial.

“Más sexo es sexo más seguro”, se titula el libro de Steven Landsburg, enésimo economista que se metió en psicología, casi como una revancha de los psicólogos que se meterán en astronomía, mientras los astrónomos estudian matemática y los matemáticos trabajan en marketing en las empresas.

Las intersecciones de carreras, cada vez más comunes, crean nuevos conocimientos.

Parecería que vivimos un proceso contradictorio: por un lado cada vez más especialización, pero, por el otro, lo técnico va quedando en un segundo plano y se revaloriza lo humano. ¿Cómo congeniar ambas cosas? ¿Estamos yendo cada vez más a dividirnos entre especialistas y generalistas?

No sé.

Si alguien no contesta “no sé” algunas veces, no le creas todo lo que dice.

Como es difícil matar algunos vicios, en las charlas que doy para estudiantes universitarios siempre paso por la pregunta: “¿Qué querés ser cuando seas grande?”. Fue gracioso cuando uno me respondió “médico”. Estudiaba Comunicación.

De niños y de adultos sabemos qué queremos ser cuando seamos grandes. ¿Por qué elegimos siendo adolescentes?

“Quiero ser médico para salvar vidas”. “Quiero estudiar Comercio Exterior para viajar”. “Abogacía, para defender de las injusticias”. “Quiero seguir Economía para resolver los problemas de mi país”. “Psicología, los de mi mamá”. Si elegimos la carrera en nuestra época más idealista y romántica, las motivaciones lo serán también.

Quitemos dramatismo y romanticismo a la elección de la carrera.

Cuando la expectativa de vida era de 40 años, tenía sentido elegir a los 17 qué estudiar. En el medioevo, decidir a los 12 si ser herrero o carpintero también sonaba lógico. Pero siendo la expectativa de vida mucho mayor, estamos forzando a personas a apostar ochenta o noventa años de vida productiva a una decisión que se toma cuando no estamos preparados.

¿Realmente elegimos a los 17 qué vamos a hacer por 80 años más o es solo una pieza del rompecabezas?

Nuestra formación no termina nunca; es muy probable que vivamos más que las empresas para las que trabajamos, así que debemos ser protagonistas de nuestro desarrollo. Sin embargo, todavía hay que elegir a los 17. Y eso que elegimos es el inicio de una “carrera”, que antes era de de 5K pero hoy se convirtió en un maratón.

¿Y si cambiar de carrera o no terminar la universidad fuera genial?

Inevitablemente, todos vamos a estudiar carreras diferentes, alimentadas por estudios y experiencias irrepetibles.

Las etiquetas (carreras, títulos, cursos) son módulos de una carrera única, que es tu vida.

Azar planificado

Enseguida pienso en el famoso “solo al final vas a poder unir los puntos”, de Steve Jobs. Y lo contrasto con mis conversaciones con Santiago Bilinkis, que me dice lo opuesto: “Hay que planificar la carrera con un objetivo final y no dejarse engañar por los exitosos emprendedores que abandonaron la universidad” (Jobs, Gates, Zuckerberg). No aguanté la contradicción -no pienso escribir “no sé” dos veces en el mismo artículo- y fui a preguntarle a Santi si no hay forma de que se ponga de acuerdo con Jobs. Finalmente entendí que los dos tienen razón: debemos planear nuestra carrera, pero también aceptar que el azar (o, en realidad, nuestra capacidad de detectar miles de factores que no podemos explicar) va a marcar nuestro camino y que, al final, vamos a poder explicar todo. Nuevamente una contradicción: planeamiento y azar, que debemos conciliar en nuestras cabezas y corazones.

Así como un líder tiene que tener al mismo tiempo claridad y seguridad en la Visión y la humildad de aprender a recorrer el camino, cuando lideramos nuestra vida tenemos un norte y aprendemos a abrazar el azar que surja.

Si nuestra carrera dura 100 años y tiene mucho fuera de nuestro control, ¿cómo la planificamos?

Todo se basa en la humildad, el valor básico para aprender y crecer. Me encanta citar el “todavía aprendo” de Michelangelo. Debemos aceptar que nuestra “educación” no termina con un diploma. No termina con un juramento. No termina con una matrícula. No termina. Siempre aprendemos.

Lo sé, ya escribí sobre esto en mi artículo distópico sobre la Advocracia, pero hoy tengo más argumentos y me pega más de cerca en lo personal. ¿Querés saber por qué? Si 144 personas comparten este artículo, publicaré la “Carta a mi hija adolescente”.

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