“Soy un Charlatán: Vivo de dar Charlas” S03E23

Previously en “Leo Charlatán”:

Nunca se pasa la misma vergüenza dos veces

Y…

Si te quedás tus ideas geniales, tal vez es porque tenés miedo de descubrir que no lo son

—–

El viernes a las seis de la tarde, mientras la gran mayoría estaba volviendo en subte desde sus trabajos a sus casas, yo me encontraba con el ermitaño, la torre y el as de copas. Sí, fui a una tarotista.

Al día siguiente, a las tres, mientras todos tomaban mate o estaban en la sobremesa del asado, yo bailaba como loco -siempre fuera de ritmo/tempo- con un grupo de 40 desconocidos. En cierto momento salté levantando ambas rodillas y recordé con dolor que hacía veinte días me había operado de una hernia. Estaba en un curso de lo que hubiera llamado hace tiempo “seudo-sicología”. Sin ninguna “p”. No se las merecía.

Dos actividades que para el Leo pasado hubieran sido inaceptables: “¿Pero vos creés en la magia? ¿Sos supersticioso?”. “¿Pseudo qué?”.

En ambas, aprendí. Quizás no lo que fui a aprender, pero aprendí.

¿Qué tan terrible puede ser abrirle la puerta a eso que te causa tanto rechazo?

-Pero Leo, cuando decís “seguir aprendiendo siempre”, ¿tenemos que hacer otra carrera? -me había preguntado el conductor del programa de radio.

-Si querés, sí; pero yo, ni loco. Hoy podemos aprender de otros, mirando Netflix, en Instagram y de miles de maneras más. Los libros, para algunas cosas, se quedan viejos muy rápido.

-¿Entonces te la pasás leyendo de management y de innovación?

-Hasta hace un tiempo, sí. Hasta que percibí que era mi zona de confort y recordé que uno siempre aprende más cuando sale, aunque sea por un rato, de ese lugar. Después podemos volver. El lunes.

La zona de confort, valga la tautología, es cómoda.

Fue un fin de semana distinto. Entendí cosas de mí que no había visto, interactué con gente interesante -¿disruptiva?- y abrí un poco la cabeza.

Aprender duele.

Así como la extensión de la expectativa de vida nos lleva a no poner todos los huevos en la misma canasta, pasa lo mismo con el aprendizaje.

Aprender cosas incómodas cura la intolerancia.

En ese curso con baile y aprendizaje, que duró dieciocho horas entre sábado y domingo, la especialista estuvo exponiendo unas catorce. Era de esos temas que se escuchan, por algún motivo, sentados en el piso, tal vez “conectados a la tierra”. Podría haber habido un sahumerio, pero no. Incómodo, me costaba enfocarme en la exposición luego de leer rápidamente el Powerpoint proyectado o la impresión que nos habían compartido. Y en el final de cada bloque, la parte más interesante se cortaba con un “me encantaría seguir con preguntas pero tenemos que avanzar”.

En general, se avanza más preguntando.

La semana siguiente sentí el contraste al dar tres conferencias en días seguidos, con contenido similar, pero totalmente diferentes: hace tiempo aprendí a dejarme guiar por las preguntas del público.

¿Y si en vez de “presentación” la pensamos como “conversación”?

Así, haciendo powerpoints, dando charlas y escuchando otras, desarrollé mis Cinco Etapas para una Presentación.

Cinco etapas para una presentación

1. Escuchar y Preguntar. Una presentación es la venta de una idea, tenemos que conocer bien al potencial cliente -sea un cliente de verdad, nuestro jefe o un equipo. Además, debemos cuidarlo: una presentación seguramente será una reunión y ya sabemos lo importante que es cuidar el tiempo. Esta etapa puede durar semanas o meses y tenemos que ir anotando todas las ideas, sin perder ninguna. Yo lo hago en una pizarra con marcador, en un documento de Google, en postits o en una app como Trello. Y muchas veces consigo varias docenas de distinta importancia. Nuestro cerebro es genial, por lo que las ideas surgen cuando menos las esperamos. Confieso que a veces, cuando quiero ver las cosas de otra manera, simplemente me doy una ducha.

Anotar una idea evita que la perdemos pero, además, deja espacio para que surjan otras.

2. Pensar con disciplina. Agendamos un bloque (a mí, con una hora me basta) sin interrupciones y nos sentamos a profundizar en lo que relevamos en el punto anterior, qué falta, qué pensamos que es importante. Seguimos anotando todo. Podemos repetir en otro momento o, incluso, en otro lugar físico, si no nos alcanza.

Hay dos momentos bien diferentes: el creativo y el crítico; debemos disociarlos para no frustrarnos.

3. Agrupar. En todo lo que anotamos hay patrones, temas en común, cosas que son parecidas o no tan distintas, que se pueden contar juntas. Las unimos. Necesitamos encontrar las ideas más importantes; el resto, si tenemos que comunicarlo, irá por email o papel. Tal vez por inseguridad, tenemos la tendencia a querer contar todo, pero es mucho más potente resumir en pocas ideas y eventualmente profundizar.

En una charla efectiva, solo podremos compartir un par de ideas. Si compartimos muchas más, abrumaremos a la audiencia y permitiremos que elijan las dos o tres que ellos quieran.

4. El cuentito. ¡Todavía no usamos Powerpoint, Keynote o Prezi! Ahora escribimos, brevemente, lo que queremos compartir. Tomamos las ideas del punto tres, elegimos uno o dos ejemplos para cada una de ellas, asegurándonos de que haya estadísticas pero también opiniones. Es importante no escribir el discurso textual, ya que eso no va a suceder: nunca, pero nunca vamos a leer ni memorizar. Para eso, grabamos un audio y lo subimos a Spotify (como el libro Soy Solo). Lo que anotamos es el resumen de lo que contaremos. Contar cuentos es un hábito excelente, no solo para los niños. Digresión: escribimos e ilustramos estos cuentos con mis hijos (hoy adolescentes) entre 2010 y 2012, dudé en publicarlos pero me decidí a compartirlos. Me encantaría saber tu opinión.

El cambio tecnológico lleva a los humanos a reencontrar su humanidad.

5. ¡Por fin! Prendé la computadora y abrí tu software de presentaciones preferido. O tomá un marcador y preparate para dibujar. Mirando el cuento, pensamos como fortalecer cada concepto que vamos compartiendo. Las reglas, para mí, no sirven: podemos tener mucho texto en ciertas circunstancias, podemos no usar una sola imagen o tener muchas de baja calidad. Depende siempre de lo que queramos transmitir. Pero debemos pensar en la audiencia todo el tiempo. ¿Van a ver, desde el fondo, lo que quiero que vean? Sabiendo que van a leer mientras yo hablo, ¿es esto lo que quiero que lean? Si pongo una bandada de gansos volando, ¿cuando la vean en el futuro van a relacionarla con mi negocio de pâté de foie?

Lo único que importa es lo que se lleva la Audiencia.

También hice un video explicando este proceso.

Lo que falta, después, es practicar la presentación, dependiendo de la importancia y la audiencia, sabiendo que en público se hace bastante más lenta. Como dato estadístico, en promedio tomamos entre 3 y 5 minutos por slide.

La presentación sos vos, no el material que te acompaña.

Y acordate siempre, la conversación (preguntas, por ejemplo) incrementa la atención, guía al orador y hasta le permite seguir aprendiendo.

Tal vez podría haber reemplazado todo este artículo por una cita de Maya Angelou:

Aprendí que la gente va a olvidar lo que dijiste, la gente va a olvidar lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo los hiciste sentir.

Pero quizás no te hubiera hecho sentir como te sentiste.

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