Rebelion en el estacionamiento S03E33

Desde que hice mi Excel para decidir si, después del auto corporativo, me compraba o no uno propio (y cuánto estaba dispuesto a invertir), el tema se volvió casi una obsesión.

Ayudó que pasé, entre 2000 y 2014, unas 8500 horas manejando sin que sea mi trabajo (2 horas 15 minutos por día, por 250 días por año, por 15 años da 8500 horas: justo un año). Vivía en Pilar, 50 kilómetros al norte de Buenos Aires, trabajaba en Barracas, dentro de la ciudad pero bien al sur. Entre otras cosas, durante ese viaje fantaseaba con encontrar a mi media naranja: esa otra persona, también gerente con las mismas competencias que yo, que vivía en Barracas y trabajaba en Pilar.

-¡Por fin nos encontramos! -le diría. Intercambiaríamos llaves de casa o tarjetas personales -no ambas cosas, porque nos llevaría a la misma situación de antes. Venderíamos los autos y, con ese dinero y todo el ahorro de combustible y peajes, haríamos una inversión cuya renta nos permitiría irnos de vacaciones todos los años con nuestras familias. Seríamos amigos para siempre.

Enterarme de que en Estados Unidos, pese a la gran cantidad de autos que tienen, hay 7 espacios de estacionamiento por cada uno fue la gota que derramó el vaso. Me imaginé en todo lo que se podría haber hecho con ese espacio físico y esa inversión y pensé en soluciones para usarlos, como Airbnb nos permite aprovechar espacios residenciales. No encontré ninguna razonable.

Cuando no hay soluciones razonables, busquemos de las otras.

Para entender a fondo este artículo, te recomiendo antes leer el capítulo “FUERA” del libro Soy Solo, donde desarrollé las tendencias para analizar el futuro. Si no querés comprarlo, podés escucharlo gratis: parte Iparte II y parte III.

Felicidad: ¿Nos da felicidad un auto? Como siempre, depende. En mi experiencia, tener un auto vale menos de lo que creemos. La publicidad hizo un muy buen trabajo, tal vez con nuestros padres y abuelos, de construir la idea de que el “auto” simboliza el “éxito”. Pero si pensamos en su utilidad solamente, ir y volver de distintos lugares, puede ser reemplazado por otras alternativas (casi todas están creciendo, desde autos de alquiler como Uber hasta bicicletas o caminar), liberando capital para invertir en otras cosas que nos den más felicidad.

Veredicto: menos autos.

Ubicuidad: ¿Cómo impacta en la necesidad de tener autos el hecho de que la tecnología esté omnipresente? Por un lado, el transporte público ya se convirtió en un lugar de trabajo, gracias a la conectividad. Por el otro, los autos tendrán cada vez más tecnología, que podrían convertirlos en mucho más útiles y eficientes: aunque todavía es una infracción (y un peligro) mirar el celular al manejar, la tecnología nos dará la opción, en el futuro, de hacer lo que queramos, sea manejar, descansar o trabajar en el auto.

Veredicto: poco claro.

Exponencial: El crecimiento exponencial de la tecnología, ¿afectará este mercado de alguna manera? La industria automotriz está rezagada. Tomá una foto del auto más vendido y del celular más vendido del año 1990 y comparalas con los mismos productos de hoy. No sé hacia dónde evolucionará esta industria, aunque ya hay claros disruptores, como Tesla.

Veredicto: poco claro.

Responsabilidad: El hecho de que los humanos seamos cada vez más responsables con el medio ambiente, la comunidad y otros humanos, ¿cambia en algo este negocio? Por un lado, está demostrado que los motores de combustión interna son, entre otros, culpables del calentamiento global. Esto debería llevar a un uso diferente y a cambios de tecnología. Por otro lado, en mi opinión, el auto es como el paraguas: un elemento egoísta que cuida al poseedor en detrimento de los demás, en donde podemos comparar la bocina al chorro de agua que nos cae en la cabeza a los que no usamos paraguas. En otras palabras, si vamos a ser más responsables, usaremos menos autos. Y paraguas.

Veredicto: menos autos

Automatización: “¡Pero si el auto es la automatización del carro a caballo!”. Claro, como la máquina de fax fue la automatización del correo. Mi auto del futuro me llevará a donde quiero ir, mientras converso de espaldas a la ruta, y luego de dejarme irá a trabajar de Uber (o similar) para no tener que pagar estacionamiento. El precio de cada viaje en Uber bajará, por lo que más gente lo usará -y preferirá no tener auto.

Veredicto: menos autos

Veredicto final: Culpable, habrá menos autos en el futuro.

¿Lindos, musculosos, jóvenes y exitosos?

Henry Ford, autor de frases como “Calidad es hacer las cosas bien cuando nadie está mirando” y “Quien deja de aprender es viejo, sea a los 20 o a los 80” convirtió un bien de lujo en masivo. Aunque no es verdad que haya pagado salarios más altos para que sus empleados pudieran comprar autos (lo hizo para bajar la rotación de 370% anual que tenía), aprovechó al máximo la línea de producción y tomó decisiones para que sean fáciles de elegir y de producir (como hacerlos negros).

Para vender más, empujó una cultura en donde “tener” es igual a “ser”. Podríamos decir que la publicidad te promete felicidad si comprás; en consecuencia, infelicidad si no comprás. Y llevamos más de cien años recibiendo este mensaje.

La publicidad genera infelicidad.

Por ejemplo, “fumá este cigarrillo y vas a poder sentirte un cowboy súper valiente como yo” (al menos uno de los cowboys de Marlboro se murió de cáncer).

Sin embargo, “eso”, lo que la publicidad ofrece, en general no da felicidad; tenemos que seguir buscando. Me recuerda a cómo, en la empresa, siempre pensaba “cuando llegue a ese puesto, voy a ser feliz”. Llegaba y a las dos semanas estaba pensando, “No, no; era ése puesto, no éste”. La publicidad (¿la sociedad?) nos engaña a querer siempre tener más. Y, de alguna manera, la publicidad mueve el mundo: genera imperios, impone presidentes y nos regala cosas que consumimos sin entender su precio, como Facebook, Tinelli o la respectiva superestrella de TV con estilo chabacano de cada país.

¿Odiás a las automotrices que contás esto, Leo? ¿Ya les vendiste charlas a todas? Eso vas a hacer con los laboratorios, con los bancos y con cada rubro, ¿darles charlas y después decir que se van a fundir?

No. A veces doy la charla después de que desaparecieron, como los boleteros de cine.

Lo comparto por varios motivos:

  1. Algo similar pasa en casi todas las industrias. Pensar el futuro es clave para las empresas.
  2. Nuestra conducta determina nuestra felicidad. Si actuamos de acuerdo a la “programación” (tener un auto te da status, el status te da felicidad), no seremos felices. Compremos autos porque los queremos realmente y no porque debemos.
  3. Aprendí que previendo el futuro puedo ganar dinero. Tomo mis decisiones de inversión de largo plazo (sean financieras o de uso de mi tiempo) en base a lo que creo que va a pasar.
  4. Aprendo mucho exponiendo mis ideas, aún las más ridículas, para la discusión. Alguien alguna vez dijo: “Si querés ser experto en un tema, escribí un libro”. Un artículo me lleva a pensar, analizar, estudiar, debatir y, luego, correr el riesgo de ser refutado -¡lo que me hace aprender aún más!

La revolución industrial requería, en verdad, máquinas que hicieran todo lo automático. Pero no había para cosas triviales, como poner sellos, entonces contrataron humanos. Hoy, que ya la tecnología puede reemplazar esas tareas, no nos roba los puestos de trabajo, simplemente los estamos devolviendo. ¡Eran de las máquinas!

#Para enterarte de mis artículos, podcasts y videos (y no depender de algoritmos) podés recibir un mail cada domingo. Si querés mi libro, buscalo en http://www.soysolo.com.ar

Desde ya te agradezco que compartas por cualquier red o medio. Incluso impreso 🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *