¡No me respetes! S03E34

-¿Está cómodo con el micrófono? -me preguntó Ximena.

Un poco por timidez y otro poco para mantener el suspenso, si hay una cabina técnica en un evento suelo esconderme ahí. Siempre encuentro gente interesante. Y siempre les hago el mismo chiste: “No quiero dar mi charla, ¿la podés hacer vos?”. La mayoría se espanta, como si eligiera estar “de este lado”, para nunca aparecer en un escenario o frente a una cámara.

Después de algunos intercambios no aguanté más.

-¿Por qué usted me trata de usted? -le pregunté con más dulzura de la que podría parecer.

-Por respeto -me contestó Ximena.

Al rato me presentaron desde el escenario, con el párrafo que habían encontrado en internet. Yo escuché algo como “sarasasasasasa sarasasa sarasa sasa Leonardo Piccioli”.

¿Leonardo?

¿Por qué valoramos tanto los títulos, los premios y las formalidades?
Pero lo peor de todo fue que me dijeran Leonardo. Sí, nací “Leonardo” y recuerdo perfectamente cuando, ya como gerente general, quise cambiar mi nombre en las tarjetas. “Te tienen que respetar, ¡no podés poner Leo en tu tarjeta!”, me dijeron. Adiviná si lo hice.

¿Respetar al CEO?

En 2003 tuvimos en la empresa la visita de los CEOs de las dos compañías más grandes del mundo de nuestro rubro. En inglés no hay forma de tutear o tratar de usted, sin embargo uno claramente se hacía respetar. Literalmente. Vino con dos guardaespaldas que, unos días antes, hicieron el recorrido del hotel a nuestras oficinas varias veces chequeando los hospitales más cercanos por si le pasaba algo durante el recorrido, nos invitó al restaurante más caro y gastó una fortuna.

Del otro, quien finalmente decidió comprar nuestra empresa, recuerdo vívidamente la actitud al cruzar la calle llena de autos, en diagonal, con su portafolios y sin titubear. Me costó seguirle el ritmo. En ese momento me pareció curioso el contraste. Hoy me preguntaría si hay correlación entre la humildad en las conductas diarias y la humildad necesaria para liderar.

Esos pequeños detalles que te llaman la atención, esos que la otra persona no se ocupó de cuidar, son los que realmente muestran cómo es.
De hecho cuando terminaba aquella conferencia en Córdoba, me hicieron una pregunta que me dio pie a una afirmación contundente: “Si tuviera que definir una clave para ser un buen líder, tal vez afectado porque suelo ver lo opuesto, es la humildad: durante miles de años el liderazgo estuvo vinculado con la fuerza y eso llevó, creo, a que la duda, el no saber, esté vinculada con la debilidad. Hoy está cambiando: no saber es necesario para saber, para aprender. Y queremos líderes que aprendan”. En realidad, respondí algo parecido pero mucho más desordenado. No sabía la respuesta hasta que la analicé más.

Si hay algo que sabe el buen líder es todo lo que no sabe.
Sócrates tenía la base para ser un buen líder, claro.

El hombre en el espejo

-Llegaste tarde -me dijo Gonzalo con tono de reto y la seguridad que muestra un millennial cuando está convencido. Y también cuando no lo está.

Enseguida me acordé de mi perorata de unos meses antes: “Cuando aceptás una reunión, aún cuando no te guste, estás tomando un compromiso. Estás prometiendo estar en cierto lugar real o virtual a una hora determinada. Si llegás tarde, estás faltando a ese compromiso, incumpliendo una promesa. ¿Qué puede pensar el otro, entonces, si en esa reunión te comprometés a cumplir cierto plan, una entrega o, incluso, una nueva reunión?”.

-Tenés razón, te pido disculpas.

A las disculpas, sin un cambio de actitud, también se las lleva el viento.
Gonzalo, que reportaba a mí, me marcó una contradicción, algo que muchos podrían considerar como una falta de respeto. Ximena me trataba de usted antes de la charla, haciéndome sentir distante. El CEO de los guardaespaldas imponía respeto, pero yo respetaba al más humilde. Entonces recordé conceptos como “Honorable Cámara de Diputados” o “Excelentísimo Señor Presidente”.

¿Por qué usamos palabras de respeto cuando no respetamos?
Todos somos honorables -y dignos de respeto- por default; o sea: hasta que demostremos lo contrario.

Al indagar más, me encontré con que el respeto casi siempre involucra algún tipo de sometimiento (veneración o poder, por ejemplo). Y me di cuenta de que las personas y las empresas que admiro suelen ser aquéllas que faltan el respeto: Ghandi, al Imperio Británico; Mandela, al régimen del Apartheid; Uber, a los taxis; Tesla, a las automotrices; TNT, a los partidos políticos. Por eso, de alguna manera, me dedico a faltar el respeto: a los sindicatos, a tu jefe, a la educación formal, a los abogados, a las empresas, al marketing, a los que tienen poder pero no quieren cambiar, a tu pasión, a la industria editorial, a las reuniones y hasta a Derek Zoolander!

Respetar a quien falta el respeto puede sonar contradictorio, pero a veces lo hacemos porque respetamos el coraje.
¿Faltar el respeto es mostrar coraje? La pregunta quedó resonando en mi cabeza, contrastada con situaciones que muchos sufrimos en distintas etapas de la vida. Faltar el respeto desde una posición de poder es todo lo opuesto. Sea en la escuela, en la política o en la empresa, quien falta el respeto aprovechando “que el otro no puede responder” es un bully. Entonces, ¿cómo conciliar todo esto?

Faltemos el respeto a las investiduras, empresas y dogmas; nunca a las personas.
Cada día más, para evitar las grietas y hacer más grande el bizcochuelo tenemos que discutir ideas, no personas.

O, como se le atribuye a Aristóteles:

Es un rasgo de una mente educada poder considerar una idea sin aceptarla.
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