Los Simpsons, Fuente de toda Sabiduría S03E16

No sé, no sé y no sé.

No sé es el primer paso para saber. Empezamos bien.

Levante la mano el que escuchó por primera vez la palabra “isótopo” con la inconfundible voz de Homero, el Pancho Ibáñez del siglo XXI.

Después de una charla con mi hijo adolescente y de mirar un buen rato el inodoro, investigué qué es el efecto Coriolis. Seguramente la mayoría de los lectores, a diferencia de “isótopo”, no escuchó el nombre, pero conoce el concepto. ¿Podría aprovechar y llamarlo el efecto Picholis?

Solo hace poco relacioné ese concepto con “De la Tierra a la Luna, trayecto directo en 97 horas”. Ése era el título original de la novela en fascículos que publicó Julio Verne en 1865. Sí, el mismo cuya imagen ilustra el artículo “El Poder de los Objetivos Imposibles”. La publicó en una revista político-literaria; no existía la ciencia ficción.

En 1969 el hombre llegó a la Luna, luego de 107 horas de viaje. Imagino el momento especial para todos los libreros del mundo: cambiar al unísono el libro de Verne de la sección “ciencia ficción” (género formalmente nacido en la década de 1920) a “ciencia”.

El Destino está escrito. El desafío es saber en qué libro de ciencia ficción.

Pero, ¿por qué no existía la ciencia ficción antes? ¿Platón, Aristófanes y Sun Tzu no escribían sobre el futuro? Hasta hace cien años, la expectativa de vida era de alrededor de cincuenta. Y la tecnología avanzaba muy lentamente. Todos, absolutamente todos, morían con el mundo 99,9% idéntico a cuando nacían. Está muy arraigada la frase “el pasado es el mejor predictor de futuro” y, claramente, los humanos siempre vivimos con la idea de que el futuro sería idéntico al pasado.

Hasta que nació la ciencia ficción. El problema será cuando la realidad cambie más rápido que la ficción, pero prefiero hacerme el distraído con eso -por ahora.

No todo lo que reluce es oro

En esa película famosa cuyo nombre tiene una sola palabra, el descendiente de un millonario es feliz, como casi todos los millonarios, gracias a las máquinas y al esfuerzo -y a veces la vida- de quienes las manejan. Pero, como sin conflicto no hay película, el rico se enamora de alguien de “los pisos inferiores” y todo termina inundándose. ¿Titanic? No, Metrópolis, de Fritz Lang. Filmada en 1927 y ubicada en un futuro impreciso, posiblemente es la primera película de ciencia ficción. Aseguraba que en el futuro habría ciudadanos de primera y de segunda clase, casi esclavos.

Pero no es la única vez que el arte propuso futuros distópicos. Simplificando, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, advertía que todos vivirían drogados. En 1984, de George Orwell, había un Estado que vigilaba absolutamete todo y Matrix, película estrenada el último año del siglo XX, auguraba un futuro en el que nos daríamos cuenta de que todo es una gran simulación.

Antes de preocuparnos por lo que nos espera, tengamos en cuenta que se trata de historias: necesitan un conflicto, necesitan una inteligencia artificial queriendo destruir, controlar o hasta esclavizar a los humanos.

El futuro es mejor que lo que describen los libros de ciencia ficción.

De hecho el mundo está mejorando: hace cien años, 82% de la población era pobre. Hoy, 9%. Sí, claro, hay pobreza. Y existe todavía un problema que es que seguimos comparándonos con el vecino para saber si somos exitosos o no. Pero el nivel de vida mejoró infinito. Un dato que no deja de asombrarme: en el año 1000, el mundo era básicamente igual de rico que en el año cero. Quinientos años después, ese índice se había duplicado. Entre 1820 y 1900, triplicado. Cincuenta años después, se había triplicado nuevamente.

Todo tiempo futuro fue mejor.

Ya de adolescente adoraba la Ciencia Ficción. Cuando supe de la técnica “Memorias del Futuro” que implementara Shell en la década del setenta me encantó instantáneamente. También se la llama “planificación por escenarios” y es, simplemente, discutir futuros posibles -aún los improbables- para que nuestros modelos mentales los detecten apenas comienzan y no cuando ya todos los ven. El extremo sería “el Décimo Hombre”.

Coriolis

Unos días atrás, mientras llevaba a mi hijo adolescente a la escuela, pude ver la pantalla de su celular. Hace tiempo le había puesto un filtro de privacidad, de esos que usábamos en la computadora, lo que hacía muy difícil espiarlo. Obviamente pensaba lo peor: que estaría jugando al Candy Crush, al Tetris o viendo videos con sorpresa de Whatsapp. No; seguramente, al Tetris no; por algún motivo que merece una investigación desapareció del mundo.

Llegué a ver que estaba en Instagram, mirando videos de cocina. Mientras algún antepasado se revolvía en su tumba pensando que eso era cosa de mujeres, su papá se llenaba de orgullo. A los dos nos encanta cocinar y es algo que compartimos. Verlo motivado a las 7:30 de la mañana aprendiendo más fue muy lindo.

La pantalla chica embobaba. La pantalla más chica educa más de lo que creemos.

Enseguida se me vinieron recuerdos a la cabeza. Viendo fotos de viajes, de chiquito me dijo “ése es el Coliseo”, “Stonehenge, papá”, “la gran barrera de coral”. O cuando comentó, casi como sabio, “Ulan Bator es la capital de Mongolia” o “Springfield es el nombre más común de ciudad en Estados Unidos”. Tanta seguridad mostraba que llegué a pensar que Jebediah Springfield existió. Confieso que lo busqué en Google.

Además del efecto Coriolis, mi hijo sabe mucho más de lo que lee. De hecho, no lee nada por placer. Mi sobrino, también adolescente, me habla de política internacional. Mientras yo me suscribo a The New Yorker y recibo los ejemplares dos meses tarde, él tiene sus fuentes -y no son revistas.

Una revista es una tablet con el zoom roto y una conexión muuuy lenta.

Si vemos solo la superficie podemos criticar que ya no se lee como antes, que no nos miramos a la cara al conversar, que los niños no juegan como solían hacer… Pero si profundizamos entenderemos que es distinto, no peor. Y si vamos cien o doscientos años atrás, veremos que ahora se lee más, se conversa aún más y que los niños juegan e interactúan mucho más que antes.

Todo tiempo futuro será mejor.

Si en 1866 hubieras leído (y creído) a Julio Verne, sabrías que el hombre iba a llegar a la Luna. Hace un tiempo vi en Netflix la serie Marte, en donde mezclan contenido real de 2016 y de ficción de 2033, contando nuestros primeros meses en ese planeta. ¿Cuántos nos vamos a sentir inspirados, esperanzados y desafiados por series o películas como ésa para investigar y crear las tecnologías que necesitamos? Escuchando a algunos expertos en Genética supe que en el año 2000 hubo un pico de estudiantes. Cuando investigaron el motivo, fue claro: de adolescentes habían quedado fascinados con Jurassic Park. Estamos en un círculo virtuoso en el que los escritores (¿soñadores?) proyectan un futuro. Luego los emprendedores y científicos, que crecen con esos libros y películas, creen que es posible. Y lo crean.

“Aquellos que están tan locos como para pensar que pueden cambiar el mundo, son los que lo hacen”, Steve Jobs.

Durante décadas o siglos nos esforzamos por colocar a la Educación en su lugar: la escuela, la universidad, los libros. Y el entretenimiento en el suyo: el teatro, los cines, los deportes. Pero parece que se van fusionando, que todo es más gris y menos extremista.

El año pasado pensaba que tenía que existir un Netflix de la educación. Ahora existe. Se llama Netflix. Aunque no encontré Metrópolis.

El entretenimiento sin educación no deja casi nada; la educación sin entretenimiento, tampoco.

Si un adolescente te cuenta que los inodoros giran en distinto sentido según el hemisferio en el que estén, ahora podés responderle, “Claro, el efecto Coriolis”. ¿O era Picholis?

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