Emprendedor vs. Empleado: las 9 ¿Diferencias? S03E30

El café me quemaba un poco la mano. En invierno me encantaba esa sensación, pero sentado en un aeropuerto caluroso, lleno de gente, era un acto de malabarista jugar al Candy Crush sin perder ni una vida ni el café ni los vinos que me regalaron en la conferencia. Un observador aleatorio podría preguntar si cuando era gerente general también jugaba con el celular:

-Sí, pero era más difícil que lo admitiera.

Primera ¿diferencia?: el empleado, por representar a la empresa, pierde parte de su identidad.

Era uno de esos no-momentos: demasiado tiempo como para hacer la cola para subir al avión pero demasiado poco como para sacar la computadora y trabajar. Siempre me gustó trabajar, pero desde que “soy solo” me volví más aguerrido, aprovechando mejor mi tiempo y asegurándome de que genere valor en el corto o en el largo plazo.

Segunda ¿diferencia?: el emprendedor no tiene nada garantizado, suele ser más cuidadoso con su tiempo.

Estaba cerca del mostrador, por lo que vi claramente cuando imprimieron ocho boarding passes nuevos. Yo sabía lo que quería decir. Empezaron a llamar a pasajeros. Los pasaban de cabina; a una mejor, claro. Cientos de veces habían dicho mi nombre en el pasado. Compañeros de la escuela se enteraban de que estaba en un vuelo cuando en San Pablo decían “Leo Piccioli”. Me alegraba, me sentía bien, me alimentaba el ego. Y viajaba más cómodo. Ya no viajo tanto como antes, por lo que esta vez no estuve entre los ocho.

Hubiera preferido que fueran ocho desconocidos. Pero no fue así. Dos de ellos estuvieron conmigo en el evento y dieron presentaciones muy interesantes. Uno había dejado la corporación hacía muchos años y, en su “soy solo”, había construido un negocio innovador ayudando a otros, en donde viajaba más que cuando era empleado. Y tenía upgrades. El otro, se había ido hacía poquito, así que, como yo, estaba en el período de “carencia inversa”, esos meses en los que todavía tenemos algunos de los beneficios corporativos, como la adaptación de los niños cuando empiezan la escuela.

Estuve de un lado y de otro y en ese momento sentí un poco de envidia. No necesito el espacio, ni siquiera quiero subir primero, pero las aerolíneas venden, como todos, emociones: y un upgrade es decirte “sos especial”. No me lo dicen más.

Tercera ¿diferencia?: el emprendedor necesita sentirse más seguro de sí mismo, porque no va a tener un jefe ni una aerolínea que le dé una palmada en la espalda.

Me distraje pensando en los jefes y perdí una vida en el juego. En las corporaciones, a veces, los jefes sirven para darnos una palmada en la espalda pero, otras, sobre todo cuando hay más de uno que quieren cosas diferentes, para ponernos en la disyuntiva de tener que elegir en cada decisión a quién seguir. Me dije a mi mismo: “¡Qué suerte que no me pasa eso!”. Y allí recordé las instrucciones claras de mi cliente del día: “Venimos un poco atrasados, tenés que terminar en 40 minutos”.

Cuarta ¿diferencia?: el empleado tiene uno o dos jefes. El emprendedor, depende del punto de vista: puede tener uno, pero es el peor de todos (sí mismo) o docenas. O miles. O millones.

Y seguía perdiendo vidas y sin poder pasar del nivel 1462 en el Candy Crush. ¡¿Todos los anteriores no me sirvieron de nada!? Lo que había hecho no me daba derecho a nada. Como le pasaba a Jorge, que se quejaba de que no lo contrataban a pesar de su experiencia. Sólo lo que se aprende es un activo que se va a poder aprovechar después. Por eso, tengo por delante dos cursos que, a diferencia de lo que me pasaba cuando estaba en la corporación, los elegí y los voy a pagar. Siempre es hora de aprender; “walk the talk” -suficientes veces cité ya a Miguel Ángel Buonarotti y su “Ancora Imparo” a los 87 años.

Quinta ¿diferencia?: el emprendedor decide totalmente cómo “alocar” sus dos factores más importantes: su tiempo y su dinero (que en definitiva es tiempo del pasado). El empleado tiene restricciones, un menú y políticas. Ambos usan la palabra “alocar”, anglicismo empresarial que significa “distribuir recursos con un propósito”.

Ya sentado en el avión espié al pasajero del 8D, que sacó la computadora y se puso a trabajar en un Excel. Miré de reojo y vi la palabra “budget”. ¿¡Cuántas veces había puesto esa palabra en un documento o la había dicho en alguna call!? La discusión que tuvimos en la empresa para armar el presupuesto 2011 fue feroz. El resultado del 2010 no había sido bueno y la corporación nos exigía una promesa (porque eso es un presupuesto) mucho mejor de lo que creíamos posible. Mientras transparentábamos todas nuestras estimaciones y planes, en una call dije: “¡Pero lo que queremos es vender clips y bolígrafos, no hacer presupuestos!”. Fue en tono jocoso, pero lo decía en serio. Tiempo después entendí que eso también es el precio por los recursos que nos da la empresa, tenemos que convencer a nuestros jefes de nuestros planes. Y ese año era mucho peor, porque queríamos hacer un cambio enorme en la empresa, algo que no habían hecho en ningún país.

Sexta ¿diferencia?: las empresas, al tener diferentes decisores para diferentes temas, casi siempre cambian más lento que los emprendedores. Y esto suele ser su propia sentencia de muerte.

Mi viaje en el asiento 9C fue muy productivo: escribí la base de este artículo y tuve tiempo de analizar cómo es que logré hacerlo en menos de dos horas, de Mendoza a Buenos Aires. Había pedido a “la audiencia”, como me gusta hacer, sugerencias sobre qué tema tocar para mi segundo aniversario de independiente. Estaba cansado después de una conferencia intensa, pero evidentemente mi cabeza tenía ese desafío muy presente. Y, como con las camionetas rojas, la mente empezó a marcarme el ritmo y decirme a qué tenía que prestarle atención. Siempre tuve esa capacidad de enfocarme, que a veces me hace insoportable. Como en 2003, que vino Matt. Llegó un día feriado, el 8 de diciembre. Había venido de Office Depot a evaluar nuestra empresa para comprarla. Aprovechamos y fuimos a ver un partido de polo. Él miraba muy entretenido y yo le hablaba de los modelos que habíamos construído para mejorar nuestro negocio. No podía parar. “Te apasiona tu trabajo, ¿no?”, me preguntó sin esperar ninguna respuesta. Me callé.

Séptima ¿diferencia?: la actitud emprendedora te lleva a relacionar todo lo que pasa con tu emprendimiento, porque querés ganar siempre. Esa pasión se puede elegir y construir.

Cuando escuché que estábamos llegando a Aeroparque, me di cuenta de que no tenía cómo volver a casa. No había reservado transporte y trato de usar el auto lo menos posible: después de 14 años de vivir a 60 km de mi trabajo, y de sacarle el máximo jugo posible, primero me mudé más cerca y luego cambié de trabajo. Ahora, trabajo y vivo a unos seis metros, “yendo de la cama al living”. Nunca me quejé de esas tres horas diarias de viaje, pero hice la cuenta mil veces. Entendí, por un lado, que ese viaje era el precio que pagaba por vivir donde vivía y por trabajar en donde trabajaba. Por el otro, traté de reducirlo escuchando podcasts, teniendo conference calls y hasta aprendiendo idiomas en CD. Si no sabés lo que es un CD, podés buscar el significado en Wikipedia.

No quise aclarar que el economista en mí veía en esa situación un subóptimo de Pareto para la sociedad: se podía mejorar. No lo quise aclarar porque entraría en una discusión sobre mis opiniones drásticas del futuro de las automotrices, que podría quedar para otro artículo, si alguien tiene interés.

Octava ¿diferencia?: El emprendedor es consciente de que elige en qué lugar trabajar. El empleado también lo elige, pero no lo sabe.

Después de aterrizar, subimos a esos ómnibus que igualan a todos los pasajeros, grandes y chicos, de negocios o de placer y, por supuesto, a los de business con los de turista. Colgado del pasamanos recordé ese otro ómnibus que tomé en San Pablo, en mayo de 2016, cuando volvía de dar la conferencia que me hizo ver que podía vivir de esto. Aquélla vez me encontré con una compañera del colegio primario que viajaba en turista con toda su familia. Yo me sorprendí, pero ella ya sabía que yo estaba en el vuelo porque había escuchado mi nombre cuando me llamaron por altoparlantes para el upgrade. Ella y su marido eran independientes. Recuerdo que pensé: “¡Qué envidia, se pueden tomar vacaciones cuando quieren!”

En la conferencia de esa tarde había afirmado que en el futuro tendremos más tiempo libre. Me bajé del escenario y se me acercó alguien que me dijo: “Leo, todo tu tiempo es libre”. Touché. Claro que sí. Elegimos todo el tiempo qué hacer, aunque no nos hagamos cargo.

Novena ¿diferencia?: El emprendedor debería ser consciente de que elige qué hacer en cada momento. El empleado, también.

Cuando finalmente logré llegar a casa, abrí la puerta y mi gato me miró como siempre. Con tal de que le ponga su agua, su comida, mis cajas de libros para arañar y le haga mimos al final del día, le da lo mismo si emprendo o trabajo en una corporación.

Emprendedor y empleado, ninguno de los dos es bueno o malo. Entendamos qué nos atrae de uno y de otro y mejoremos constantemente. No mires el pasto del vecino sin antes regar el tuyo, una y otra vez. Siempre mejorando.

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