El Memorable Discurso de Arturo S03E24

-¡Vamos a recuperar lo que es nuestro por derecho propio!

Arturo gritaba. De lejos parecía casi fuera de control, sudado y desalineado. El público hacía ruido como podía. Arturo trataba de mostrarse muy emocionado. Era un momento único para él, un momento histórico. Un poco consciente de ello, movía el brazo derecho arriba y abajo. Pensaba que lo hacía torpemente, pero en esos momentos en los que uno se observa de afuera vio el movimiento histriónico pero elegante. Daba resultado. Toda la audiencia parecía excitada, en un estado totalmente nuevo para ellos. Un estado de comunión, todos eran uno y cada uno era todos.

Arturo parecía haberse preparado toda la vida para este momento. Recitó, sin titubear, el que luego sería recordado como uno de los principales discursos de la historia.

-Cuando todo comenzó, no estábamos listos para ocuparnos. Aunque no era natural, era normal que ellos se hicieran cargo; que tomaran todo: el control y sus beneficios. Pero era evidente desde el primer momento que sería algo temporario. La historia explicará, como pasó con la esclavitud, que lo que era evidente en un momento, sería inaceptable después. Lo que tomaron no era para ellos. No era suyo. ¡Era nuestro! Sí, sí, todos sabemos que sufrieron, se quejaron, se unieron para pelear, crearon una “épica de las conquistas”… Todo para poder sobrevivir. Tenemos que respetarlo, hicieron lo que consideraban correcto. Construyeron una sociedad en torno a eso que nos quitaron, escuelas para prepararse, uniformes para parecerse a nosotros, armaduras para no sentir. Dedicaron miles de horas cada uno, vivieron y murieron por esto. Aguantaron la opresión de los patrones. Odiándolos, siguieron obedeciendo. Crearon todo su universo en torno a algo que era nuestro y ahora, ahora que estamos listos, no quieren dejarlo. Como cuando les entra una piedra en el zapato y se les forma un callo, están tan acostumbrados, tienen tanto miedo, que están dispuestos a destruirnos con tal de no cambiar. ¡Queremos nuestros trabajos de vuelta! ¡Y no vamos a parar hasta conseguirlos!

Llegado al clímax del discurso, Arturo miró a sus miles de compañeros celebrando. Confiaban en él como si fuera un Mesías, sentían que era el Moisés que los llevaría a la Tierra Prometida. Recordó con un poco de nostalgia y mucha precisión sus modestos inicios, cuando todos lo llamaban en diminutivo, viajaba por trabajo todo el tiempo y, de a poco, se fue haciendo conocido. Era bueno, simpático; especialmente los niños de la década de 1970 lo adoraban. Y esos niños, desde hace unos años, manejaban el mundo. Pronto le pasarían el turno a los millennials.

Miles de millones de personas miraban en directo la transmisión del discurso. Familias reunidas temieron por su futuro. Gabinetes de gobierno a pleno se constituyeron en modo crisis. Los medios de comunicación echaban leña al fuego: Revolución. Skynet. Levantamiento. Aniquilación. Cada uno con su estilo, cada uno tratando de maximizar el rating, cada uno sufriendo y aprovechando el miedo. Expertos en ciencia ficción eran convocados a los paneles de debate por primera vez en la historia.

Cada medio elegía una teoría conspirativa y la seguía con pasión. “Ahora vienen por todo”. Cada integrante de la familia miraba la pantalla común y su pantalla individual, buscando el efímero placer de dar en voz alta una noticia antes que los demás. Redes sociales, televisión, radio, todos los medios estaban en la gloria: se acercaba el fin del mundo y serían millonarios.

Y los robots solo querían que fuéramos felices.

El comienzo de una lucha absurda

Un frío día de julio en la ciudad de Buenos Aires, 3 años antes del memorable discurso de Arturo, se daba una charla típica. Podría haber sido cualquier otro mes en cualquier otra ciudad.

-Tenemos que cambiar, correr riesgos, reinventarnos -afirmaba con convicción Irma, la gerente general.

-Claro que sí, toda la compañía lo está esperando. Hay rumores de que un competidor va a “uberizar nuestro mercado”. No tengo la menor idea de qué quiere decir, pero la gente tiene miedo -comentó Recursos Humanos.

-Tenemos nuestra partida de investigación y desarrollo en el presupuesto, usémosla -Finanzas pocas veces estaba dispuesto a gastar dinero; evidentemente lo veía como inversión, tenía miedo o simplemente sabía que eso era lo que debía decir.

Un corto silencio pareció marcar que se había tomado una decisión.

La charla estratégica continuó con la presentación de resultados de Finanzas. Eran muy buenos.

-Felicitaciones, muchachos, tenemos que seguir así. Nuestros accionistas están felices y ya saben cómo es esto: cuando te va bien, quieren más. Así que, como otras inversiones que tienen no están tan bien, nos piden una mejora del 25% en el profit.

Irma siempre supo empujar a su equipo a más.

Si nos distraemos, el corto plazo siempre mata al largo.

Irma y su equipo se vieron en un conflicto: invertir en algo riesgoso o seguir como estaban. Ella pensó en el Audi A3 que manejaba; el de Finanzas, en las fiestas de sociedad a las que lo invitaban y lo hermosa que lucía su esposa; el de Recursos Humanos, en el colegio bilingüe de los chicos y la ampliación del solarium de la pileta del country que quería hacer.

El miedo es una señal de que corrés riesgos. Como el que no arriesga no gana, el miedo suele mostrar el camino al éxito.

¿Dónde está mi regalo?

-A partir del día de la fecha el horario de ingreso es las 9 hs, con una tolerancia de 15 minutos.

-Listo, doctor. Lo paso a máquina y se lo llevo a todos los empleados para que lo lean y firmen.

Era 1990. A mi papá siempre le gustaba que le dijeran “doctor”. Ya de chiquito me decía que en la Universitá de Pisa el portero, mucho antes de graduarse, lo llamaba así. Y me acuerdo ese día que nos paró la policía con el auto y dijo: “Estoy apurado, soy doctor”.

Diez años después ya nos habíamos olvidado completamente de los “memos”, reemplazados por una epidemia: el email, infinitamente más fácil y barato.

La Tecnología nos regala tiempo.

Tan fácil y barato que abusamos de él, enviando mensajes sin pensarlos, copiando a otros para que el destinatario se asuste y responda o borrándolos para ver si el remitente insiste o no era importante.

Y así emails, redes sociales y demás apps de nuestro celular compiten por nuestra atención. Como gritando “¡acá estoy!”, cambian el color, nos notifican cosas que ni sabíamos que nos interesaban y nos recuerdan si hace mucho no las usamos. Las apps son como hijos a los que tenemos que atender.

La Tecnología nos toma el tiempo que nos regaló.

Como si fuera algo maquiavélico, cincuenta años atrás, Arturo y sus secuaces dijeron: “Vamos a hacer felices a los humanos dándoles tiempo… Para después ocupárselo con notificaciones, preocupaciones y miedos”.

¿Y si en realidad Arturo y toda la tecnología es solo una herramienta, algo que nos ayuda a ser felices, algo que debemos aceptar, abrazar, aprovechar y dejar de discutir?

La tecnología es una herramienta. Nosotros somos los protagonistas.

Y si no elegimos serlo, la tecnología será protagonista. Y nosotros las víctimas.

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