El Gerente General es un Enfermo S03E27

Apenas estacioné mi auto, pensé en lo raro que hubiera quedado mi Audi corporativo entre ese vehículo quemado, otro al que le habían robado las ruedas y cuatro o cinco motos. Pasé de largo la idea; tenía un gran desafío por delante.

Minutos antes había cruzado debajo de un puente ferroviario de metal color verde. Cerca de donde yo vivo también eran verdes, pero mucho más antiguos. Me descolocó la sensación de familiaridad apenas retocada, como una copia mal hecha de mi realidad. Comencé a imaginar un viaje en ese tren: atravesaba el primer puente y el reloj corría hacia atrás. Al llegar al segundo, un Leo diez años más joven se bajaba apurado, para llegar a tiempo a la reunión de directorio. “Foco”, me dije.

En la esquina de ese puente había un cartel en el que se leía “Pinturería Centenera”, en donde vendían el látex de 20 litros a $100 (o $1000, tal vez se había borrado la tiza y como buen ex-gerente general no tengo la menor idea del precio de las pinturas). Eso sí, era antihongos. Tampoco sabía que existía, pero eso se leía clarito.

Escuché una sirena y giré la cabeza hacia la izquierda. No vi de dónde provenía, hasta que me di cuenta de que era más lejana, como un eco que rebotaba en diagonal entre las calles y la avenida.

Sabía que estaba cerca del Riachuelo. Después de 18 años trabajando a metros de ese río contaminado, pensé que seguía acostumbrado al hedor, porque solo olí la carne quemada del puestito de hamburguesas que había pasado. Como cuando dejé de viajar en business, donde me daban esos auriculares que cancelaban el sonido, y pasé a turista, donde mis oídos se acostumbraron al ruido de las turbinas.

Claramente, tenía los sentidos exacerbados y estaba híper alerta. No podía pensarlo, pero luego -en la sala en la que esperábamos- me di cuenta de que era miedo. Estaba en un barrio de la ciudad en el que nunca había estado y la adrenalina fluía rápidamente por mi cuerpo.

La cita era en el depósito. Yo me había imaginado un escenario como el de Amazon en 1994, cuando empezó vendiendo libros y CDs por internet. Sus oficinas iniciales eran famosas por haber usado puertas sobre caballetes como escritorios. Su fundador, famoso por decir “Todos los días son el día 1”. Mientras caminaba, trataba de imaginarme habiendo viajado en el tiempo y espacio -tal vez el tren sí era mágico- llegando a un emprendimiento nuevo y ridículo para su época: pallets con libros por todos lados, más mercadería de la que parecía estar preparado para almacenar, una persona tomando mate. Sabía más de la venta de libros en Estados Unidos que en la Argentina.

La sala

Subí los tres pisos por escalera siguiendo a otra persona, como me indicaron. Obedecer ciegamente relaja, yo era un seguidor. Al cerrar la puerta, leí el cartel “Salida de Emergencia” y vi la oficina, más grande de lo que esperaba.

Mis compañeros de reunión estaban sentados en una mesa larga. Todos tenían campera de lluvia, aunque no llovía; algunos llevaban guantes, aunque no hacía tanto frío. Se los quitaron, pero las camperas no. Ninguno tenía portafolios, tenían mochilas. Cada uno, al sentarse, sacaba algo para escribir y unas hojas. Yo no había llevado ni lo uno ni lo otro. Paradójico, porque siempre recomiendo a todos ir con lápiz y papel -“es una señal de respeto”, suelo decir.

Casi en automático enfilé a la silla de la cabecera más lejana a la puerta. En las reuniones semanales de equipo, aquéllas que lideraba y en las que una vez que cada uno se adueña de una silla queda para siempre, como en el colegio, a veces me cambiaba a la de al lado. “Para ver las cosas desde otra perspectiva”, pensaba. Pero tal vez era para ver la reacción de los demás, para saber quién se animaría a sentarse en la cabecera o, simplemente, para no aburrirnos. Sentía que el respeto por “esa silla” era un respeto no merecido, artificial; un respeto que venía del miedo.

¿Y si faltamos el respeto a posiciones e investiduras, sin faltar el respeto a la gente?

Cuando llegué a la cabecera y separé la silla para sentarme, vi que estaba ocupada. Habían dejado dos cascos. Sin pensarlo, volví sobre mis pasos y me quedé parado al lado de la puerta, dudando si pasar entre las sillas para ubicarme en la única vacía o esperar a que alguien se levantara.

-Qué tipo raro, vestido de remera y saco, no nos saluda como se debe y pretende sentarse en la cabecera. ¿Quién se cree que es?

Mientras imaginaba qué pensaría yo de la situación si la viese desde afuera, toda la seguridad que tuve como gerente general o que ahora tengo en un escenario se disipaba para mostrarme como pez fuera del agua, incómodo, sin saber qué hacer con las manos ni con los pies. En esos momentos ridículos de lucidez, pensé que para los peces, fuera o dentro del agua, qué hacer con manos o pies resultaba irrelevante.

Era viernes a las 15, había manejado 40 minutos para llegar y tendría otros 40 para volver -y todavía no había cerrado mi artículo semanal, el de De Niro. Es más: ni siquiera era “el de De Niro” hasta ese momento.

En la sala, mientras reconocía el miedo que había sentido, pensé en mi auto, estacionado afuera, entre otros desvencijados y con varias motos cerca. El Audi no me habría preocupado tanto; no era mío.

Llegó José Luis con actitud de dueño de casa, saludó por su nombre a los demás, hizo un chiste de fútbol con uno de ellos y, por último, me preguntó de dónde venía.

-Soy Leo Piccioli, te pido disculpas, pero no traje ni bolígrafo -le dije preocupado de estar con las manos vacías.

-¿De qué editorial?

-Leo Piccioli. Soy el autor -dije inseguro. Por una fracción de segundo pensé que los motoqueros iban a soltar el bolígrafo y dejar caer sus mandíbulas contra la mesa, impresionados. Ni se percataron de lo que dije.

-Ah, ¿trajiste documento?

Mientras le entregaba los cheques a los demás y cada uno preparaba el correspondiente recibo, yo espiaba los montos descubriendo que el mío era el más alto. Por un segundo pensé que mi libro era más exitoso que los de otras editoriales. Enseguida me di cuenta de que a ellos los mandaban a cobrar todos los viernes a las 15. Y ésta era mi primera vez.

En realidad, no era mi primera vez. Entre mis 16 y 18 años hice cientos de cobranzas para la empresa de mi papá. Las cosas no habían cambiado en treinta años: hasta las empresas, algo típico argentino, preferían pagar el viernes al cerrar el horario bancario para ganar un par de días de intereses -aún cuando el cheque fuera para un mes después.

Aunque lo tenía agendado, había salido de urgencia a cobrar; estaba seguro de que iba a conseguir algún servicio que pudiera hacerlo, una moto o un Uber. Pero a último momento desconfié: era el primer pago que recibía por la venta de libros en librerías y algo podría fallar.

La primera vez no delegues, hacelo vos.

Volví sano y salvo, con mi cheque inicial (que sólo cubría el 15% de la inversión de la primera edición), por los libros vendidos en mayo y junio, a cobrar el primero de octubre. No me preocupaban los plazos, estaba lleno de orgullo. El plan funcionaba.

Integridad: sos uno solo

En las últimas semanas, ya con la segunda edición del libro en la imprenta, me di cuenta de que para vender más charlas necesitaba mostrar mejor cómo era yo hablando en público. Los videos que publiqué en LinkedIn andaban bien pero eran caseros, incongruentes con la calidad que quería mostrar -y que había logrado en el libro. No quería parecer una de esas empresas, en donde Marketing promete algo y Atención al Cliente lo borra con el codo; o aquéllas con propuestas bien diferentes en sus tiendas e internet.

Para el cliente, sos uno solo; no existen canales, medios o circunstancias: debemos ser coherentes.

Tampoco quería compartir charlas enteras -una parte de mí, la insegura, pensaba que si la veían no necesitarían contratarme. Eso me trababa, hasta que se me ocurrió compartir lo que hace única a cada charla: las interacciones con el público.

Enseguida, como buen gerente general, armé la estrategia y el plan de trabajo. Ximena, mi editora, revisaría todos los videos de conferencias que di, buscando esas pastillas. Ale, el que hizo el video del libro, lo editaría y enseguida mi equipo de Prensa -recontratado para la segunda edición- se encargaría de compartirlo. Era un plan perfecto.

Para una gran empresa.

Un gerente hace hacer más de lo que hace. Un emprendedor hace.

Estuve dos semanas pensando en ese plan. Algo no me cerraba, por un momento pensé que me estaba volviendo tacaño. Si siempre pensás en grande, ¿por qué ahora no?

Tuve un golpe de suerte: la corrida cambiaria en Argentina me hizo repensar mis gastos. Periódicamente, reviso en qué cosas tercerizar y en cuáles no. Esto no era yogur, era algo nuevo, estratégico para mi negocio y difícil de explicar; ni siquiera tenía muy claro lo que quería. Lo tenía que hacer yo. En el proceso, pude repensar varias cosas de cómo presento y hasta encontrar la forma de compartirlo en Instagram.

Y fue en esa red en donde entendí todo mejor. Alguien me mandó un mensaje que comenzaba con: “¿Le podrías preguntar a Leo…?”.

Manejo mis redes sociales desde siempre y voy a tratar de hacerlo mientras pueda -aunque ojalá no pueda pronto. Así aprendo, me mantengo en contacto con mis clientes y puedo ajustar las cosas rápidamente.

En una conferencia en San Pablo, de ésas que me ayudaron a entender que podría dedicarme 100% a dar charlas, me preguntaba: “¿Qué hacemos ahora? Necesitamos saber qué piensa el cliente y contratamos a una empresa de investigación de mercado para que nos diga lo que podríamos haber escuchado muy fácilmente. ¿Cuándo las empresas dejaron de escuchar a los clientes?”

La escucha no se delega.

Todos, sin excepción, hacemos y hacemos hacer, somos liderados y líderes, decidimos y aceptamos decisiones. No etiquetemos. Pero sí estemos alerta para tener autocrítica, faltarnos el respeto y reírnos de nosotros mismos. Antes de que lo haga otro.

Hace dos semanas cerré el artículo hablando de la adicción al salario, pero ahora me doy cuenta de que hay una peor: la adicción a ser gerente general, pensando solo en estrategia, no escuchando directamente, delegando todo y perdiendo oportunidades.

Estoy en recuperación.

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